El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marcó un punto de inflexión en la política exterior estadounidense hacia China. A diferencia de las presidencias previas, incluso de su primer mandato (2017-2021) o de la de Joe Biden (2021-2024), este retorno ha profundizado en un enfoque más competitivo, proteccionista y geoestratégico contra Beijing, con rasgos distintivos propios que redefinen el rol de Washington en la competencia global.
Trump llegó con una agenda que combinaba el discurso del “America First” con una reinterpretación de la competencia con China: ya no se trataba solo de disputas comerciales o tecnológicas, sino de concebir a Beijing como un competidor estructural que puede desafiar la supremacía global de EEUU en múltiples frentes -económico, tecnológico, geopolítico y militar- y que, por tanto, amerita una respuesta más amplia que cualquier política anterior.
Este enfoque se ha manifestado desde el inicio de su segundo mandato en una agresiva política arancelaria, iniciativas de “desacoplamiento” económico y una retórica que combina la confrontación con intentos tácticos de negociación.
Características principales del enfoque Trump hacia China
Entre las características principales de la política de Trump hacia China habría que mencionar, en primer lugar, la rivalidad estructural y geoeconómica. En efecto, más allá de una simple disputa comercial, Trump percibe a China como un rival con la capacidad de desplazar a EEUU como la principal potencia global. Esta visión traspasa lo económico y se inserta en un marco estratégico de largo plazo en el que la competencia se da en tecnología, cadenas globales de valor, influencia regional y alianzas estratégicas.
La política estadounidense bajo Trump ha tendido a elevar aranceles y barreras comerciales, diferenciando a China de otros socios comerciales incluso mientras baja aranceles a países aliados o neutrales para favorecer acuerdos bilaterales. También ha reforzado controles tecnológicos sobre exportaciones sensibles (chips, software, infraestructura 5G), con el objetivo de frenar el acceso chino a tecnologías críticas. Sin embargo, estas medidas se han moderado tácticamente con la tregua pactada en octubre.
Por último, ha integrado la competencia con China en la seguridad nacional, vinculando cuestiones económicas con defensa y seguridad, y presentando a Beijing como un actor que desafía el orden internacional y la estabilidad regional.
El objetivo declarado de la Casa Blanca ha sido reducir los riesgos de dependencia económica en sectores críticos, especialmente tecnológicos y de manufactura avanzada. Esto no solo implica barreras comerciales, sino también promoción de reindustrialización domestica (por ejemplo, incentivos al sector tecnológico), diversificación hacia Asia-Pacífico y apoyo a aliados para construir cadenas alternativas.
La tecnología, especialmente los semiconductores y la inteligencia artificial, ha sido uno de los campos más intensos de fricción. Aunque las restricciones profundas han sido una constante, la Casa Blanca ha adoptado tácticas tácticas de pausa o negociación para rebajar tensiones antes de cumbres bilaterales, lo que ha sido objeto de críticas internas desde el Congreso.
Aunque la política estadounidense se expresa en numerosos actos y medidas, varios instrumentos y declaraciones estructurales han cristalizado este nuevo enfoque. Dos merecen atención en particular. En primer lugar, la Orden Ejecutiva de Tarifas Recíprocas (abril de 2025). Conocida informalmente como el paquete del “Día de la Liberación”, esta serie de órdenes ejecutivas declaró una emergencia nacional basada en déficits comerciales y habilitó aranceles recíprocos amplios con China. Esta medida es paradigmática del enfoque Trump porque reconoce explícitamente el comercio como un asunto de seguridad nacional y busca corregir desequilibrios persistentes mediante presión directa sobre el comercio bilateral.
Durante 2025, EEUU y China negociaron reducciones tarifarias temporales, mecanismos de consulta continua y alivios sectoriales, reflejando un enfoque mixto: confrontativo en lo estructural pero con espacios puntuales de alivio y cooperación. Esto ha generado un marco híbrido en el que no hay ruptura total, sino competencia con gestión de tensiones. De hecho, múltiples acciones administrativas y regulaciones han constituido de manera de facto un “marco estratégico” sobre tecnología (export controls, revisiones de inversión extranjera, incentivos a sectores prioritarios), aunque no siempre se articularon en un solo documento doctrinal público.
Una segunda referencia es la Estrategia de Seguridad Nacional, que consolida la conceptualización de China como el competidor estratégico principal de Estados Unidos en el siglo XXI. No se trata únicamente de una rivalidad comercial o tecnológica, sino de una competencia sistémica que afecta al equilibrio de poder global, a la arquitectura de alianzas y a la definición misma de las normas internacionales. La Estrategia integra explícitamente dimensiones económicas, tecnológicas, militares e ideológicas bajo el paraguas de la seguridad nacional, legitimando así políticas de desacoplamiento selectivo, controles de exportación, restricciones a inversiones sensibles y refuerzo de capacidades industriales domésticas. China es presentada como un actor que busca reconfigurar el orden internacional a su favor, lo que justifica una respuesta integral que combina disuasión, competencia económica y fortalecimiento de alianzas.
Al mismo tiempo, el documento evita una lógica de confrontación abierta o de nueva Guerra Fría total. Reconoce la necesidad de gestionar la competencia para evitar escaladas incontroladas, mantener canales de comunicación estratégicos y preservar espacios limitados de cooperación en asuntos globales como estabilidad financiera. Esta doble lógica -competencia estructural con gestión pragmática del riesgo- define el marco dentro del cual deben interpretarse tanto las tensiones comerciales y tecnológicas como los gestos diplomáticos recientes, incluida la preparación de encuentros bilaterales de alto nivel. En ese sentido, la Estrategia no apunta a una ruptura absoluta con China, sino a una relación de rivalidad regulada, donde la prioridad estadounidense es preservar la primacía estratégica sin cerrar completamente la puerta al diálogo.
Evolución de las relaciones en 2025: economía, comercio, tecnología y seguridad
Las relaciones económicas y comerciales entre EEUU y China en 2025 se caracterizaron por una marcada contracción del comercio bilateral. Las exportaciones de China a EEUU cayeron casi un 20 por ciento comparado con 2024 (las importaciones de bienes estadounidenses se contrajeron un 14,1 por ciento), reflejando un proceso estructural de desacoplamiento y reorientación hacia ASEAN y otras regiones. Estas tendencias muestran una dinámica de desacoplamiento parcial, en la que las empresas globales buscan alternativas al mercado chino, y China intensifica su integración económica con Asia y Europa.
La competencia tecnológica siguió siendo punto de fricción central con restricciones sobre chips avanzados, software sensitivo y tecnologías de doble uso continuaron siendo instrumentos clave de política estadounidense. Al mismo tiempo, el gobierno de Trump pausó ciertas iniciativas tecnológicas más agresivas (p. ej., bloqueos a empresas como China Telecom o limitaciones a routers y vehículos chinos) para facilitar un clima previo a negociaciones de alto nivel. Este patrón indica una tensión constante entre rivalidad estructural y gestos pragmáticos de gestión.
En seguridad, la administración Trump ha reforzado el discurso de competencia global, defendiendo la presencia norteamericana en Asia-Pacífico y fortaleciendo la cooperación con aliados regionales como Japón, Corea del Sur y Australia. Este replanteamiento, aunque heredado en parte de administraciones anteriores, se ha intensificado en tono equiparando la política hacia China con una agenda geopolítica amplia, que abarca rivalidades estratégicas en el Indo-Pacífico pero también de forma muy decidida en otros ámbitos como el hemisferio occidental.
Principales conflictos y divergencias surgidos
La relación bilateral ha enfrentado varios focos de conflicto. En este sentido, cabría mencionar, en primer lugar, una guerra comercial intensificada con tarifas elevadas (en algunos momentos hasta 125 %) que generaron fricciones severas, con impactos macroeconómicos, volatilidad en mercados financieros y protestas diplomáticas desde Beijing.
En segundo lugar, la política estadounidense de vetos y restricciones ha sido una fuente constante de tensión. El temor a que tecnologías avanzadas se filtren o se usen con fines militares ha sido central para Trump, pero también ha generado resistencia interna y preocupación entre aliados.
En tercer lugar, mientras EEUU enfatiza la competencia sistémica, China se ha presentado en discursos oficiales como un defensor de la estabilidad, renovando su retórica de “coexistencia pacífica y respeto mutuo”, la reivindicación del multilateralismo y la ONU como núcleo del orden internacional basado en normas.
Por último, Trump ha buscado contrarrestar la presencia china en América Latina, África y Asia, generando tensiones diplomáticas adicionales y debates sobre si la política estadounidense es demasiado confrontativa o poco constructiva.
Mención expresa de Taiwán
Taiwán se ha convertido en uno de los nodos más sensibles y estratégicos de la rivalidad entre Estados Unidos y China en esta nueva etapa. Washington ha promovido gestos y acuerdos calculados, combinados con anuncios diversos, que tanto servían a la impresión de un acercamiento a las autoridades de Taipéi, implicándolas activamente en la estrategia de reindustrialización, como a coquetear con las advertencias continentales, en especial en lo relativo a las ventas de armas.
Aunque Estados Unidos no cambió oficialmente la política de una sola China, ha incrementado ejercicios conjuntos, ventas de armas y cooperación en capacitación militar con Taiwán, un movimiento que Beijing considera provocador y que ha intensificado tensiones aunque por el momento sin llegar a un conflicto abierto.
En suma, Taiwán funciona como pivote estratégico en la competencia geopolítica y tecnológica entre ambas potencias.
Cómo ha reaccionado China
La respuesta china ha sido compleja, multifacética y no monolítica. En lo económico, a pesar de la caída del comercio con EEUU, China ha compensado mediante una mayor integración con ASEAN, Europa y mercados del Sur Global. Al efectuar ajustes en su estructura exportadora y enfoque en mercados alternativos, ha reducido el impacto de las presiones estadounidenses y ha demostrado la capacidad para absorber shocks comerciales.
En lo diplomático, Beijing ha buscado equilibrar su retórica criticando las medidas estadounidenses como unilaterales, pero al mismo tiempo insistiendo en la cooperación económica y el respeto mutuo como base para relaciones estables.
En temas como Taiwán, China ha reiterado su firme oposición a cualquier forma de reconocimiento diplomático formal que comprometa su soberanía, hostigando al secesionismo en la isla. Al mismo tiempo, ha combinado esta postura con esfuerzos por mostrar una imagen de apertura y cooperación internacional.
Punto actual de las relaciones bilaterales
A comienzos de 2026, la relación entre Estados Unidos y China se encuentra en una dinámica ambivalente de competencia articulada con gestión de tensiones. Existe desacoplamiento económico estructural -con menor intercambio comercial que en años anteriores pero hay cooperación táctica en temas puntuales (diálogo, mecanismos para manejar conflictos comerciales) – especialmente como preámbulo a reuniones de alto nivel. Y, por supuesto, persisten fricciones tecnológicas y estratégicas, pero también gestos temporales de moderación (p. ej., la pausa de algunas restricciones tecnológicas).
Esto refleja una relación que no está completamente rota, pero sí profundamente competitiva y frágil, con espacios limitados de negociación sobre cuestiones específicas.
La visita de Estado de Trump a China prevista para abril de 2026 ha tenido un efecto estabilizador anticipado, motivando gestos como la suspensión temporal de ciertas medidas tecnológicas para facilitar un ambiente de diálogo. Si esta visita logra acuerdos concretos (por ejemplo, en mecanismos de gestión de disputas comerciales o cooperación en sectores específicos), podría reducir tensiones inmediatas y establecer marcos de diálogo continuos para temas económicos y tecnológicos. Sin embargo, esto no implica una reversión estructural de la competencia, sino una gestión más sofisticada de diferencias.
La rivalidad esencial estructural no desaparecerá en 2026. Las grandes áreas de competencia -tecnología avanzada, semiconductores, influencia regional- seguirán siendo foco de atención y presión continua.
La importancia de aliados y socios como Taiwán, Japón, Corea del Sur y la propia ASEAN será cada vez más decisiva para moldear dinámicas bilaterales. Las estrategias de diversificación de cadenas de suministro y cooperación tecnológica con estos actores tendrán impacto directo en el equilibrio entre EEUU y China.
Si bien el comercio bilateral se ha contraído, el comercio global de China permanece robusto, y la economía estadounidense sigue siendo un motor significativo. Esto sugiere que las relaciones económicas continuarán siendo interdependientes, aunque en un marco de competencia estratégica y geoeconómica.
Conclusión
La relación entre Estados Unidos y China bajo la presidencia de Donald Trump ha evolucionado en 2025 hacia un modelo de competencia estructural amplia, fundamentado en rivalidad geoeconómica, preocupaciones de seguridad nacional y disputas tecnológicas, pero acompañado de tácticas diplomáticas puntuales de gestión de tensiones.
Esta relación es actualmente simultáneamente competitiva y compleja, caracterizada por desacoplamiento económico, rivalidad tecnológica, disputas tarifarias significativas y un enfoque estratégico consolidado. La situación de principios de 2026 refleja una intención mutua de controlar y gestionar tensiones, pero sin renunciar a las líneas centrales de competencia.
La visita de Estado a China, prevista para abril de 2026, podría actuar como catalizador para evitar una escalada y establecer un diálogo más estructurado, pero no elimina las raíces profundas de la rivalidad entre las dos potencias.
(Para Anuario CEID, Arxentina)


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