Los debates acerca de la naturaleza ideológica del Partido Comunista de China (PCCh) y sus políticas han acompañado la gigantesca transformación del país en las últimas décadas.
El maoísmo (1935-1978), vertebrado en su decidido afán de singularidad respecto al modelo soviético, ofrecía matices propios en consonancia con su exigencia de una adaptación a la idiosincrasia china, vigente en el proceso que condujo al triunfo de la Revolución (1949) y en la implementación posterior de su ideario. No ofrecía dudas de calado en cuanto a su ubicación en el espectro ideológico. Por contra, en el denguismo (1978-2012), la liberalización en los más diversos campos fue el santo y seña de un impulso ideológico de nuevo signo, hilado en gran medida en antítesis al maoísmo en aspectos vitales como la exacerbación de la lucha de clases o el igualitarismo, generando vacilaciones y ácidas polémicas en cuanto a la perennidad del ideario fundacional del PCCh. El xiísmo (a partir de 2012) hace balance de los dos tiempos de la China contemporánea y plantea una síntesis reafirmatoria con sello característico.
Históricamente, China ha presenciado casos en los que factores internos y externos provocaron importantes desviaciones de las trayectorias previstas. Por ejemplo, a mediados del siglo XX, la línea política establecida en el VIII Congreso del Partido (1956), centrada en el desarrollo económico, fue reemplazada por un énfasis en la lucha de clases, lo que culminó en la agitada década de la Revolución Cultural (1966-76). Igualmente, con seguridad, de implementarse la estrategia “China 2030”, elaborada por el Consejo de Estado y el Banco Mundial y presentada en 2012, cuando el mandato de Hu Jintao llegaba a su término, hoy China presentaría un aspecto más homologable con los países desarrollados de Occidente. No todo está escrito.
Cabe reconocer que en su trayectoria ideológica, el PCCh post-maoísta ha introducido nuevos paradigmas de alta significación política. De entrada, Deng Xiaoping, al plantear el concepto de la etapa primaria del socialismo y resaltar su larga duración, más de un siglo, dio un carpetazo radical a cualquier ilusión de una consecución apresurada de la prometida y anhelada abundancia, sin sustento efectivo en la base socioeconómica del país. La exaltación de la experimentación y la progresividad, el cuestionamiento de los tabúes por largo tiempo instalados en la dogmática del orbe ideológico socializante, propiciaron una emancipación y originalidad que, a la postre, sirvió de impulso certero a la franca transformación del país. Esa actitud abierta hacia el mercado o las diferentes formas de propiedad, incluida la privada, combinada con la perseverancia en la defensa de la planificación o de la propiedad pública, con equilibrios fluidos en atención a las demandas de cada coyuntura, sin ceder un ápice de soberanía frente a terceros ni tampoco favoreciendo la apropiación del Estado por las nuevas clases emergentes, resultó en una hoja de ruta singular, de dificil traslación, pero sin duda adaptada a su identidad y objetivos.
En lo político, el contraste de esa movilidad conceptual y el inmobilismo estructural de su armazón institucional invita a identificar otra nota invariable que se proyecta hasta hoy día: en lo táctico, el PCCh aplica flexibilidad; en lo estratégico, intransigencia. El mismo Deng que alentó la política de reforma y apertura como motor de la modernización acelerada de China fue quien dispuso las líneas rojas que debían evitar que el cambio de modelo económico y social derivara en una transformación sustancial del modelo político. Y la clave esencial, la persistencia en la hegemonía del PCCh y la fidelidad a su ideario fundacional, se reafirma a cada paso.
Completar la modernización
A los principales líderes chinos, el objetivo a largo plazo que más les preocupa es probablemente el establecido en el XIX Congreso del Partido en 2017: lograr básicamente la modernización socialista para 2035 y cerrar el ciclo histórico de la decadencia en 2049. En otras palabras, la máxima prioridad durante las próximas décadas es mantener el rumbo del desarrollo económico y la solución de los problemas internos, independientemente de los cambios en el panorama nacional o internacional. El reto para Xi no es menos complejo que para Trump: mantener la autoridad ideológica y, al mismo tiempo, restaurar la confianza en una economía en desaceleración.
En los últimos años, la economía china ha sufrido considerables perturbaciones, no solo por factores externos. Los prolongados confinamientos durante la pandemia de COVID-19 obstaculizaron gravemente la actividad económica; las empresas privadas sufrieron duras medidas regulatorias; y los esfuerzos por promover la “prosperidad común” generaron inquietud ante un posible giro ideológico hacia la izquierda. En un momento dado, incluso surgieron dudas sobre si los líderes estarían abandonando el principio tradicional del Partido de priorizar el desarrollo económico.
Bajo una creciente presión externa, los recursos y el enfoque de las políticas de China se han inclinado claramente hacia industrias alineadas con los objetivos estratégicos nacionales, en lugar de sectores más en sintonía con la lógica del mercado o que aborden necesidades públicas inmediatas. El “modelo Zhejiang”, caracterizado, entre otros, por la promoción de la iniciativa privada, el desarrollo de pequeñas y medianas empresas y la innovación, como también ambiciosos objetivos sociales, se afianza como expresión de nuevos equilibrios.
Hoy en día, con un PIB per cápita en términos de paridad de poder adquisitivo de 24.569 dólares, China está clasificada oficialmente como una economía de “renta media-alta”. Ha superado con creces a la India (que en 1990 todavía estaba por delante de China). Ha adelantado a Indonesia. Ha superado a Brasil y ha alcanzado a México. China está ahora a punto de ascender al rango de países de “renta alta”. En 1949, el PIB per cápita no alcanzaba los 50 dólares y la esperanza de vida rondaba los 35 años (hoy, 79). Las magnitudes hablan por sí solas; sin embargo, el trecho que falta por concluir se antoja mucho más escabroso y complejo.
La actualización xiísta
Xi Jinping ha introducido un cuño privativo en la evolución ideológica y política del PCCh. Sus trazos no son del todo novedosos aunque sí teoriza de forma integral esta última fase del proceso de modernización que culminará en 2049. Xi no altera el carácter híbrido del sistema económico, si bien reitera su condición como modelo de llegada, más allá de ajustes contingentes. Pero plantea dos novedades importantes. Primero, el énfasis en la construcción de un marco de legitimidad para el siglo XXI que tanto rechace el modelo liberal como sea capaz de digerir la progresiva lejanía del mito revolucionario. La institucionalización de un nuevo modelo de gobernanza debe basarse en una filosofía que ponga el acento en aspectos como la virtuosidad de la burocracia, la eficiencia del aparato administrativo, el imperio de la ley, el estado de derecho, la cohesión social y la prosperidad compartida, etc. En otro orden, lo que llama la “segunda combinación”, es decir, la necesidad de incorporar la cultura tradicional al corpus del PCCh acentuando el caracter ecléctico de su ideario. Esta consideración de lo tradicional representa un punto de inflexión en la cultura política del PCCh habida cuenta la ira expresada por el maoísmo ante cualquier manifestación de pensamiento clásico.
Un tercer dato a considerar es la reafirmación del ideario marxista, una constante en el tiempo presente que no debiera pasar desapercibida. Responde, sin duda, a esa necesidad de complementar lo táctico (luces cortas) y lo estratégico (luces largas) e instituir el liderazgo inquebrantable del PCCh como garantía última del mantenimiento de la orientación general del proceso político chino. Pese a las transformaciones evidentes en su tejido, no se apearía de ese propósito fundacional de abrigar una sociedad alternativa, bloqueando ese automatismo común que asocia las reformas de mercado y la liberalización política.
Impacto internacional
En un contexto de alta volatilidad ideológica en los países desarrollados de Occidente, la reafirmación china responde, en lo esencial, a motivaciones de carácter interno. Debe descartarse el resurgir de cualquier mesianismo o que la ideología sustituya a la economía en la cúspide de su relacionamiento exterior. La praxis característica del post-maoísmo centrada en un sinocentrismo interdependiente que reniega de la conformación de bloques ideológicos, seguirá determinando la política exterior china e incluso la paradiplomacia del PCCh.
La contingencia nacionalista, hoy más reconocible que el internacionalismo de otrora, se expresa aquí en doble término. De una parte, proscribiendo cualquier laminación sustancial de una soberanía irrenunciable como igualmente apostándolo todo a una reunificación (con Taiwán) que debe cerrar la última humillación de alcance histórico de la China Moderna. Pero esa misma China no suscribe en modo alguno las derivadas proteccionistas al uso, abogando por la multipolaridad y el multilateralismo como ingredientes inevitables de una gobernanza post-occidental basada en la idea de que todos los países tienen derecho a la adopción de una vía de desarrollo o un sistema social adaptados a sus propias condiciones nacionales y sus tradiciones históricas y culturales y que solo este puede ser el fundamento sólido de cualquier estabilidad estratégica global.
En cualquier caso, aunque reniegue de exportar ideología y no tenga intención de participar en la competencia institucional y la confrontación ideológica con el orbe liberal a imagen y semejanza de otras experincias del pasado, el PCCh seguirá contestando la contienda ideológica centrada en la promoción de la democracia o los valores universales, oponiendo a ello su peculiar visión de la “eficracia” o la defensa de los que llama “valores comunes”.
Conclusión
Tradicionalmente, China considera que la unidad política e ideológica es la que garantiza la supervivencia nacional. No es, por tanto, un tema menor por más que el protagonismo público se ceda a cuestiones de otro orden, ya nos refiramos a la economía, el comercio o la tecnología. En la actual coyuntura, el apuntalamiento ideológico representa una preocupación de alto nivel en el liderazgo chino.
Mantener la compostura estratégica ante los riesgos y desafíos que China enfrenta en esta decisiva etapa de su proceso de modernización exige al PCCh el prestar una particular atención a la cohesión interna. Ello explica que las campañas políticas en torno a esta cuestión se hayan multiplicado en los últimos años. Sin duda, cabe imaginar que así seguirá siendo, sin concesiones, exaltando la trascendencia de persistir en la definición y el seguimiento de una vía propia como elemental garantía para el éxito final del largo proceso chino.
(Para Temas para el debate, Fundación Sistema)


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