Irán: ¿Qué será del encuentro Xi-Trump?

La normalidad de la agenda china de este mes de marzo, meticulosamente programada y muy centrada en el desarrollo de unas Dos Sesiones parlamentarias anuales que deben aprobar el XV Plan Quinquenal (2026-2030), se ha visto alterada intempestivamente por la agresión a gran escala de Estados Unidos e Israel contra Irán y la intensificación de un conflicto que amenaza toda la región de Oriente Medio. El mapa geopolítico global prosigue su reorganización más brutal desde el fin de la Guerra Fría.

Para finales de mes, Donald Trump debe reunirse en la capital china con Xi Jinping en la que será su primera visita en este su segundo mandato y, de no haber sorpresas, este asunto, inevitablemente, también planeará sobre el encuentro. China tiene asumido ya que estos ataques son el primer movimiento de un presidente estadounidense que parece entender que el camino al Pacífico también pasa por Teherán. En vísperas de la cumbre, el mensaje es claro para China: en lo que EEUU considera vital, su hegemonía, cabe esperar más acción que negociación y en esta, cuando se produzca, no se descarte una trampa.

China representa aproximadamente un tercio del comercio total de Irán, mientras que Irán representa menos del 1% del comercio exterior total de China. Pero Irán es el tercer mayor proveedor de petróleo crudo de China, representando entre el 10% y el 13% de sus importaciones. El petróleo es el punto de partida de toda la relación, pues China compra, según algunas informaciones, hasta el 90 por ciento del petróleo crudo exportado por Irán. Si se produjera un cambio sistémico en Teherán, las exportaciones e inversiones chinas se verían inevitablemente afectadas. Si la guerra se prolonga y el tráfico se bloquea en Ormuz, peligra, aproximadamente, el 45 por ciento del petróleo que importa China y que proviene de países del Golfo como Arabia Saudita, Irak o Kuwait. Teherán ha transmitido a Beijing cierta garantía respecto a la continuidad de su suministro.

Los vínculos de China con Irán se basan principalmente en intereses económicos pero no solo ya que es aquí donde gran parte de la arquitectura de Beijing en la región está más concentrada. A la asociación estratégica suscrita en 2016 y el acuerdo de cooperación suscrito en 2021, cabe sumar que Irán es miembro de la Organización de Cooperación de Shanghái desde 2023 y, desde 2024, de los BRICS Plus. Sin embargo, Irán no se encuentra en la vecindad inmediata de China, y las implicaciones estratégicas y de seguridad para este país serían limitadas.

Las autoridades chinas tienen motivos más que sobrados para seguir muy de cerca los acontecimientos. China se ha mostrado muy preocupada, condenando los ataques y advirtiendo sobre el avance de la ley de la selva en la comunidad internacional. No ha habido declaraciones de Xi al respecto. Del tono utilizado por el ministro de Exteriores Wang Yi se desprende que China no se dejará arrastrar directamente al conflicto, “inexplicable” desde su punto de vista “cuando las conversaciones con Irán estaban haciendo progresos y abordando incluso las preocupaciones de seguridad de Israel”, dijo en declaraciones a los medios.

Los llamamientos a Europa para una defensa común de la legalidad internacional caen en saco roto. Cada vez más abiertamente, la mayor parte de las cancillerías, incluidas las capitales más destacadas, parecen competir por ver quien se alinea de forma más  entusiasta con EEUU e Israel.

Éxito o fracaso

El curso inmediato de esta agresión militar influirá en el desarrollo de la cumbre Xi-Trump, anunciada por EEUU y no confirmada formalmente por Beijing. La obsesión con la estabilidad influye en el enfoque de la diplomacia china que, pese a todo, priorizará la búsqueda de compromisos, pero no está claro que en la cumbre se puedan concretar resultados. Para China, el mayor interés radica en afinar un acuerdo sobre Taiwán y probablemente ofrecerá contrapartidas económicas a EEUU que Trump puede presentar como un éxito ante su electorado de cara a los comicios de noviembre.

Con Irán de por medio, a día de hoy, es dificil presagiar de qué lado se inclinará la balanza. Con la crisis aún en desarrollo, si para finales de marzo la situación se hubiera convertido en una guerra de desgaste, la posición de Trump de cara a las negociaciones con Xi sumaría una nueva decepción tras el revés de la Corte Suprema de Estados Unidos a propósito de los aranceles. China espera el empantamiento de EEUU en una guerra cuyos objetivos son difíciles de alcanzar.

Si Estados Unidos se involucra por largo tiempo en Oriente Medio, sus esfuerzos por contener a China en el Indopacífico se verían inevitablemente diluidos y limitados, lo que podría crear otra ventana de oportunidad estratégica para China, tras el fiasco de las guerras en Irak y Afganistán.

Si la operación tiene visos de éxito, con dos socios como Venezuela e Irán fuera de juego, sus bazas negociadoras serían mayores. Trump parece ansioso por regresar de Beijing con un “gran acuerdo” que evidencie la excelencia de su estrategia. En lo inmediato, esto afectaría especialmente al comercio. Pero en lo estratégico, supondría más presión para China, afectándole desfavorablemente en la competencia entre ambos.  En las semanas que restan hasta finales de marzo, Trump apretará cuanto pueda en Irán.

Tras lo acontecido en Caracas y Teherán, más lo que pueda ocurrir en Cuba o, a otra escala, ha ocurrido ya en países como Panamá o está ocurriendo en Chile (vetando el cable submarino Valparaíso-Hong Kong), el comodín de la “seguridad nacional” esgrimido a la carta por Washington, acrecienta los riesgos que enfrentan los intereses exteriores de China. Ahora provienen no solo de las condiciones internas y la estabilidad regional de los países con los que se relaciona, sino también de las acciones de EEUU que con un abrumador abanico de presiones condiciona de forma imperativa y amenazante el ejercicio de la soberanía.

Apreciados en su conjunto, estos acontecimientos muestran claramente despliegues estratégicos para contrarrestar a China. La Casa Blanca deja bien clara la disposición a utilizar cuanto esté a su alcance para defender su hegemonía global. Frente a China, por supuesto.

El dilema de Taiwán

Durante la prevista cumbre entre Trump y el presidente chino Xi Jinping, Estados Unidos podría necesitar que China compre grandes cantidades de soja o aumente la inversión, afectada por una acusada baja en los últimos años: entre 2016 y 2024, la inversión china en EEUU se redujo a la tercera parte. Con eso cuenta Beijing y en esa línea fue su conversación telefónica del pasado febrero. Parece existir margen para concesiones comerciales y económicas. Otra cosa es hasta que punto a China le interesa facilitar las cosas a Trump en lugar de apostar por su derrota electoral y el hipotético impeachment que le seguiría.

Para Xi, la principal inquietud es Taiwán, tanto en lo que se refiere a las ventas de armas y las presiones para que Taipéi eleve significativamente su gasto en defensa como al coqueteo con el secesionismo. Si Trump asumiera en esta cuestión ciertos compromisos durante su visita, correspondiendo en debida medida las demandas del liderazgo chino, esas promesas podrían aportar cierta estabilidad en los lazos bilaterales. Pero las probabilidades de un acuerdo son limitadas.  Taiwán es la tecla a tocar si Trump quiere que la relación descarrile al completo.  

Indudablemente, la posición negociadora de Beijing se fortalecería notablemente si en el momento de la reunión, la guerra en Irán tiene visos de cronificación. No parece haber llegado el momento de eso. Pero los ataques a Irán, el secuestro de Nicolás Maduro y los esfuerzos para eliminar la ipresencia china del Canal de Panamá, entre otros, demuestran que, a medida que se intensifican las tensiones, Washington ha adoptado una postura de línea dura destinada a debilitar el poder y la influencia de China.

En la misma línea cabe significar el reforzamiento continuo de la presencia militar en Filipinas. O la elevación del tono militarista en la alianza entre Estados Unidos y Japón con la primera ministra Sanae Takaichi.

Y aun con un acuerdo, lo más probable es que este sea provisional e instrumental. Más allá de noviembre, EEUU continuará fortaleciendo su presencia militar en la región del Indo-Pacífico, aumentará la calidad y cantidad de las ventas de armas a Taiwán y profundizará la cooperación militar con Taipéi.

Washington continúa enfocado principalmente en la competencia estratégica con China. Todo apunta a que será un proceso prolongado, caracterizado por tensiones, pero evitando un conflicto armado directo. Esta dinámica se combinará con episodios de acomodación parcial, en los que ambas potencias se verán forzadas a redefinir su posición en función de la evolución de la balanza de poder, en un contexto marcado por amenazas crecientes de un colapso total del sistema internacional.

Con independencia del resultado del encuentro Xi-Trump, no parece que China vaya a alterar radicalmente su enfoque habitual. El propio ministro de Exteriores Wang Yi ha reiterado que la mejor forma de promover la paz mundial es a través de su propio desarrollo y la salvaguarda del orden mundial a través de iniciativas globales. Las Dos Sesiones, que se han iniciado esta semana, apuntan en esa línea.

Con todo, es una disyuntiva crítica. Sus ventajas económicas e industriales podrían cotizar a la baja si EEUU prosigue su mejora posicional y Japón completa su modernización militar. Eso podría dilatar e incluso impedir la solución pacífica del problema de Taiwán, su máxima preocupación.

(Para CTXT)


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