China y la redefinición de la modernidad: del “ponerse al día” a la producción de un modelo propio, por Xulio Ríos

La culminación de la modernización china se perfila como uno de los hechos estructurantes del siglo XXI, no solo por su magnitud empírica, sino por su capacidad para cuestionar categorías fundamentales del pensamiento moderno occidental. A lo largo del siglo XX -y de forma especialmente intensa desde finales de la década de 1970- China ha operado como el mayor laboratorio histórico de modernización organizada, obligando a reconsiderar nociones como modernidad, desarrollo, legitimidad política, capacidad estatal y progreso civilizatorio. El argumento central no reside únicamente en la acumulación de logros materiales, sino en la afirmación de que la modernidad ha dejado de ser un patrimonio exclusivo de Occidente para convertirse en un terreno plural, disputado y reconfigurado.

Desde esta perspectiva, la experiencia china desafía las suposiciones arraigadas del pensamiento occidental sobre el desarrollo y la organización política. China ya no aparece como un actor que “se pone al día” siguiendo patrones ajenos, sino como una potencia que contribuye activamente a definir la trayectoria global del desarrollo económico, tecnológico e institucional. La modernidad, entendida como el proyecto histórico que articula progreso material, racionalización social y organización política, deja de ser una herencia unidireccional para convertirse en un campo abierto, en el que China actúa como arquitecto y no solo como heredero.

Los logros de China son de una escala sin precedentes. Las cifras -reducción masiva de la pobreza, aumento drástico de la esperanza de vida, universalización del acceso a servicios básicos, expansión educativa y crecimiento sostenido de la renta- resultan impresionantes, pero adquieren su pleno significado solo cuando se las inserta en una narrativa histórica más amplia. En pocas décadas, China ha protagonizado una transformación social que en otros contextos requirió siglos. Este proceso no solo ha elevado los niveles de bienestar interno, sino que ha alterado la distribución global del poder económico, desplazando el centro de gravedad del sistema internacional.

Cabe significar una dimensión histórica de largo plazo. Si recordamos que China representaba cerca de un tercio del PIB mundial a comienzos del siglo XIX, antes de las Guerras del Opio, el ascenso actual no es una anomalía histórica, sino una recuperación de centralidad tras un paréntesis de declive. La comparación con Estados Unidos, que alcanzó su máximo peso relativo a mediados del siglo XX, refuerza la idea de que estamos asistiendo a una reconfiguración estructural del orden económico mundial. En este marco, la rivalidad sino-estadounidense aparece menos como una competición coyuntural y más como un choque entre narrativas históricas opuestas: la recuperación de la grandeza perdida frente al intento de evitar el declive.

Ambos países movilizan el pasado como recurso estratégico, aunque de formas distintas. Mientras que en China la referencia histórica se integra en una visión de largo plazo, coherente con tradiciones políticas que articulan pasado y presente, en Estados Unidos predomina una retórica defensiva orientada a preservar una hegemonía percibida como amenazada. Esta diferencia se refleja también en los métodos: frente a una política exterior estadounidense descrita como imperial y poco respetuosa con la soberanía ajena, la transformación china ha descansado, con todas sus contradicciones, en una movilización social interna de enorme alcance y en una inserción internacional que, en conjunto, ha tenido efectos positivos para la economía global.

En el plano intelectual,  el proceso chino cabe situarlo en continuidad con una búsqueda histórica que Joseph Levenson describió como el intento de alcanzar riqueza y poder sin perder la identidad cultural. Durante más de un siglo, los intelectuales chinos se enfrentaron al dilema de cómo modernizarse sin occidentalizarse, cómo apropiarse de los instrumentos de la modernidad sin disolver la especificidad civilizatoria china. Este ciclo histórico podría estar llegando a su fin: China habría encontrado una vía propia hacia la modernidad, resolviendo -al menos provisionalmente- la tensión que definió su historia moderna.

El sistema que sostiene esta trayectoria es una compleja aleación de elementos aparentemente contradictorios: confucianismo, leninismo, tecnocracia, planificación y mecanismos de mercado. Esta hibridación no es una rareza transitoria, sino la expresión de una modernidad alternativa coherente en sus propios términos. Muchos intelectuales chinos reconocen ya que el país ha alcanzado riqueza y poder de una manera inequívocamente china, lo que implicaría una “graduación” histórica respecto a la búsqueda que estructuró su modernidad.

Consecuencias teóricas

Esta afirmación tiene profundas consecuencias teóricas. Si China ha pasado de imitar a redefinir el desarrollo, entonces muchas de las preguntas tradicionales del análisis occidental -sobre democratización, convergencia normativa o colapso inevitable- podrían estar mal planteadas. El problema no sería cuándo China se parecerá a Occidente, sino cómo interactuará una potencia civilizatoria segura de su propio camino con un orden internacional construido sobre supuestos occidentales.

Esta reconfiguración no surge ex nihilo, sino que se apoya en una larga tradición de pensamiento sobre la modernización. Desde la fórmula decimonónica de ti-yong, que proponía adoptar técnicas occidentales preservando la esencia china, hasta las teorías contemporáneas de la “modernización tardía” o la “segunda modernización”, se perfila una constante: la convicción de que el retraso puede convertirse en ventaja mediante aprendizaje acelerado, salto tecnológico y movilización estatal. Autores como Fei Xiaotong, Wang Hui, Zheng Yongnian o Zhao Tingyang representan distintas elaboraciones de esta idea, mientras que Xi Jinping actúa como su principal sintetizador doctrinal en el plano político.

La noción de “modernización al estilo chino”, formalizada desde 2021, condensa esta evolución conceptual. A diferencia del pragmatismo contextual de Deng Xiaoping, la formulación de Xi Jinping introduce una afirmación explícita de singularidad e incluso de superioridad normativa frente a la modernización occidental. Elementos como la prosperidad común, el desarrollo de alta calidad, la sostenibilidad ecológica y el liderazgo del Partido Comunista de China se articulan como rasgos distintivos de una vía alternativa de modernidad.

La codificación de esta noción en documentos fundamentales del PCCh  -desde la resolución histórica de 2021 hasta el XX Congreso Nacional- revela su función central como fuente de legitimidad política. La modernización al estilo chino no es solo un programa de desarrollo, sino una narrativa que vincula el éxito material con el liderazgo del Partido y con el objetivo histórico del “gran rejuvenecimiento de la nación china”. En este sentido, la distinción frente a Occidente es inseparable de una reivindicación de autoridad política interna.

Finalmente, cabe proyectar estas reflexiones hacia el Sur Global. En este sentido, China aparece como la demostración empírica de que el Consenso de Washington no constituye la única vía hacia la prosperidad. El desarrollo impulsado por el Estado, la planificación a largo plazo, la inversión masiva en infraestructuras y la integración selectiva en los mercados globales, combinados con autonomía política, configuran un modelo cuya eficacia resulta difícil de ignorar, con independencia de juicios normativos. Para los países del Sur Global, la experiencia china amplía el horizonte de lo posible y reordena expectativas largamente consolidadas.

En esta perspectiva, importa especialmente la autocrítica occidental. Aceptar la emergencia de China no exige renunciar a los propios valores, pero sí defenderlos de manera menos dogmática y más basada en resultados. Si la democracia liberal y el capitalismo de mercado aspiran a mantener su pretensión de superioridad, deberán demostrar su eficacia empírica en un mundo donde la modernidad ya no tiene un único centro ni una única forma legítima.

(Para Carta del CEISil N° 5, UNLa.)


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