En China, los dirigentes veteranos o jubilados han constituido un referente en la vida política. Al menos así ha sido durante un determinado tiempo, cuando su rica experiencia y profunda comprensión y conocimiento del país se traducía en significativos aportes que tanto se manifestaban dentro del marco de las leyes y regulaciones y las normas del Partido como fuera de él.
Podemos conceptualizar ese acompañamiento al margen como una asesoría política no siempre fácil de gestionar, especialmente cuando adquiere la forma de condicionante y limitante de la capacidad de decisión de las autoridades formales y en ejercicio presuntamente pleno de sus facultades. Es por ello que, desde el respeto reverencial, su evolución se orientó progresivamente a la contención política: los veteranos son escuchados, a veces con mucha atención, pero el mando pertenece inequívocamente a la dirección en activo. A la postre, la vejez aporta autoridad; pero el poder, ya no.
Tradicionalmente, la relación con los dirigentes veteranos o formalmente jubilados que siguen asesorando en política se ha regido por una combinación de normas informales, respeto jerárquico y control institucional. Nunca existió un “consejo de sabios” formalizado, pero sí un entramado muy eficaz de influencia discreta.
El respeto a los mayores es un elemento central de la cultura confuciana y la legitimidad revolucionaria aporta un plus a los “cuadros históricos”. Los dirigentes con credenciales transformadoras o que lideraron grandes reformas (Deng Xiaoping es el ejemplo canónico) poseen una autoridad simbólica que en un momento dado puede facilitar consensos.
Desde los años noventa, durante el denguismo, se consolidó la norma de la jubilación por edad para los altos cargos. Sin embargo, los antiguos líderes conservaban capital político, redes personales y autoridad moral, especialmente si ocuparon puestos clave (miembros del Comité Permanente del Buró Político, primeros ministros, presidentes de organismos clave).
Las modalidades de influencia de los dirigentes veteranos pueden incluir conversaciones privadas, informes internos, recomendaciones personales o intervenciones puntuales en momentos de crisis. No suelen aparecer en debates públicos ni en procesos ordinarios de decisión.
Por lo general, el asesoramiento es aceptado si es leal, privado y alineado con la orientación central. La crítica pública o el activismo político tras la jubilación se considera una transgresión grave. En el momento actual, Xi Jinping ha reforzado la idea de que los veteranos aconsejan, pero en modo alguno tutelan. Se busca así evitar situaciones como las de los años noventa, cuando antiguos líderes condicionaban de facto al secretario general del Partido. La influencia, en suma, se tolera siempre que no genere facciones.
Hoy día, algunos jubilados participan en fundaciones, academias del Partido, comités consultivos o think tanks vinculados al PCCh, lo que permite aprovechar su experiencia sin otorgarles poder formal.
Un maoísmo sin “veteranos”
En la China de Mao nunca existió como tal un espacio político específico, estable y reconocido para los dirigentes retirados. Además del hecho propiamente temporal por una revolución que apenas transitaba por sus primeras décadas, la razón principal es estructural: en esa época, la caracterización del poder nos remite a lo personal, carismático y movilizador. La legitimidad no proviene de la edad, la veteranía o la experiencia acumulada, sino de la lealtad ideológica inmediata. Es más, el pasado revolucionario no protege frente a la caída política. Ser “veterano” no otorga estatus institucional, pues solo importa que la posición actual en la lucha política sea la “correcta”.
Muchos de los dirigentes más veteranos, desde Liu Shaoqi a Peng Dehuai, He Long, o el propio Deng Xiaoping (dos veces destituido) fueron defenestrados, humillados o eliminados políticamente, precisamente cuando su autoridad histórica podía competir con la de Mao. En el maoísmo, la veteranía se acercaba más a un riesgo que a una garantía.
Durante la Revolución Cultural (1966-1976), se rompió deliberadamente la transmisión generacional de autoridad. Los “cuadros experimentados” eran denunciados como “seguidores del camino capitalista” o “autoridades burguesas”. La experiencia podía derivar en motivo de sospecha en un tiempo en que el saber político no podía ser acumulable ni reconocible más allá del dictamen de Mao.
En la cima de su autoridad, Mao no arbitraba, simplemente decidía. No necesitaba mediadores porque controlaba el relato revolucionario y tenía a su disposición capacidad plena para apelar y movilizar directamente a las masas y reconfigurar su mapa de lealtades mediante campañas ideológicas. En tales condiciones, un sistema con figuras retiradas dotadas de autoridad moral autónoma, simplemente no es posible.
Precisamente porque Mao destruyó gran parte de las redes de veteranos, anuló la autoridad institucional y gobernó por la vía del carisma y la movilización, a su muerte, Deng Xiaoping, al llegar al poder, se encontró con un Partido en gran medida traumatizado, sin reglas de retiro, y sin una memoria segura que prontamente se ocupó de versar (1981). Su empeño en instituir un sistema de veteranos no pretendía ser una formalización de la herencia maoísta, sino una respuesta antimaoísta.
El denguismo: el tiempo del apogeo
Deng Xiaoping concedió un papel central a los dirigentes veteranos en los primeros años de la reforma y apertura, pero lo hizo de manera deliberadamente transitoria e institucionalizada. En 1982 se creó el Comité Consultivo Central (中央顾问委员会, Zhongyang Guwen Weiyuanhui), no tanto un “Consejo de Veteranos” en sentido clásico, sino un órgano de retiro político asistido para antiguos cuadros revolucionarios.
Su utilidad estaba asociada a tres objetivos clave. En primer lugar, desbloquear la renovación generacional, habilitando fórmulas para apartar a dirigentes muy influyentes sin humillarlos ni provocar resistencias. En segundo lugar, asegurar continuidad y estabilidad de modo que los veteranos conservaran capacidad de orientación y tutela, pero sin mando formal. Por último, blindar la política de reforma y apertura iniciada a finales de la década anterior. Deng sabía que la legitimidad histórica de los “viejos camaradas” era clave para sostener un giro tan profundo como la reforma económica que pretendía implementar, desautorizando las acusaciones de “traición” a los ideales fundacionales.
Deng fue presidente de este consejo entre 1982 y1987, lo que revela su importancia real. En la práctica, los veteranos -los más evocados fueron los llamados “Ocho Inmortales”: Deng Xiaoping, Chen Yun, Peng Zhen, Yang Shangkun, Bo Yibo, Li Xiannian, Wang Zhen y Song Renqiong-, siguieron influyendo decisivamente en los grandes equilibrios de poder durante los años ochenta, especialmente en nombramientos y en el desenlace de crisis políticas agudas (como las desencadenadas con los ceses de Hu Yaobang o Zhao Ziyang, o Tiananmén 1989).
Lo más relevante es que Deng no concebía este sistema como permanente. De hecho, el Comité, según lo previsto, fue abolido en 1992, ya bajo Jiang Zemin, como parte del proceso de normalización institucional y profesionalización del liderazgo. Deng defendía que la política china no podía quedar atrapada en una gerontocracia informal (“cuatro viejos con cinco dientes”), algo que había lastrado gravemente al sistema en la era de Mao y que bien podría señalarse como una de las causas del estancamiento soviético.
Deng utilizó a los veteranos como amortiguador político del cambio. Les dio autoridad moral, pero no poder ejecutivo formal. Y diseñó un mecanismo para retirarlos gradualmente, no para perpetuarlos.
Jiang Zemin y Hu Jintao representan, precisamente, el intento de cerrar la “transición denguista” y sustituir la política tutelada por veteranos por reglas, procedimientos y equilibrios internos más previsibles. Los cambios no fueron espectaculares, pero sí estructurales.
Jiang (1989-2002) heredó un sistema aún fuertemente condicionado por los ancianos revolucionarios, muy especialmente por Deng hasta su muerte en 1997, pero introduce tres giros clave. El primero fue la abolición del Comité Consultivo Central (1992), culminando aquella decisión ya prevista por Deng. Desde entonces, los veteranos desaparecen de la arquitectura institucional, aunque no de la política real. Se pasa de una gerontocracia organizada a una influencia informal y decreciente.
El segundo elemento importante es la regla tácita de retiro por edad, consolidando el principio “siete arriba, ocho abajo” (七上八下), es decir, con 67 años puedes continuar, con 68 años debes retirarte. No se incorporó a los estatutos del Partido, pero pasó a funcionar como orientación normativa disciplinaria. Esto significa un cambio destacable ya que la continuidad en el poder deja de depender del “prestigio revolucionario” y pasa a depender del ciclo generacional.
Por último, Jiang sustituye la autoridad histórica por lealtades organizativas (Partido-Estado-Ejército), acumulando los tres poderes sistémicos principales. A la par, refuerza el rol institucional del Secretariado, del Buró Político y de su Comité Permanente, reduciendo la arbitrariedad personal.
Aun así, cabe enfatizar que Deng siguió siendo decisivo hasta su muerte. Jiang pudo gobernar, pero ciertamente no ejercer del todo su mando hasta después de 1997. Y de igual manera intentó trasladar dicho modus operandi a su sucesor Hu quien en virtud de la “designación cruzada”, Deng había señalado como favorito para suceder al propio Jiang.
Hu Jintao (2002-2012) abordó una singular y comprometida institucionalización post-Deng. Esto se manifiesta, en primer lugar, en la normalización de la sucesión, abogando por un traspaso ordenado del poder (2002-2004), con límites temporales claros, retiro efectivo de Jiang de la presidencia del país en 2003 y del mando militar que, sin embargo, no culminaría hasta 2005 tras una dura pugna interna. Es entonces cuando se evidencia que la influencia de los veteranos queda muy diluida, incluso la de Jiang, consolidándose la idea de que nadie es realmente indispensable.
El mandato de Hu es expresión de un liderazgo colectivo real. El consenso en el Comité Permanente, el máximo órgano de poder, se convirtió en la norma en la toma de decisiones. Hu actúa como primus inter pares, no como líder carismático, lo cual explica que algunos observadores críticos le califiquen en su momento de “flojo”. En este marco, se reduce el peso de los dirigentes retirados. Sin una figura dominante, no hay “veteranos árbitros”.
Asimismo, cabe hacer mención de la profesionalización del reclutamiento, menos dependiente de los “flechazos” de un alto dirigente cuando efectúa una gira de inspección (así ocurrió al propio Hu cuando Deng Xiaoping le visitó en Tibet). Las promociones se basan en la trayectoria burocrática, en la capacidad demostrada de gestión territorial y en la evaluación del desempeño.
El capital simbólico de los veteranos acumula cada vez más menos espacio propio volviéndose residual. Ese proceso de desactivación de la influencia de los ancianos se llevó a cabo sin grandes estridencias en parte por el agotamiento generacional y también porque las reglas internas, implementadas sin confrontación, permitían una tecnocratización alejada del mesianismo carismático.
El sistema que Jiang y Hu ayudaron a construir -basado en límites de edad, dobles mandatos y liderazgo colectivo basado en el consenso- fue desmontado parcialmente a partir de 2012, con la llega de Xi Jinping. De ahí que el debate sobre los “veteranos” vuelva hoy, pero ya no como árbitros visibles, sino como ausencia significativa.
El xiísmo finiquita el modelo
Xi Jinping asumió el liderazgo del PCCh en 2012 en un contexto radicalmente distinto al de Deng. Su diagnóstico de la situación interna era demoledor: el Partido estaba erosionado por una corrupción sistémica con riesgos de gangrena, élites fragmentadas (facciones, clanes territoriales, redes clientelares), y una sociedad más compleja y exigente, menos movilizable por consensos tácitos.
Xi planteó desde el primer momento un propósito político de centralización del poder para proyectar, de arriba a abajo, una “autorrevolución” fortalecedora del liderazgo. En esa lógica, la consideración de los veteranos complicaba más que contribuía a estabilizar ya que presupone reconocer la existencia de una doble autoridad, puede favorecer la ambigüedad decisoria e incluso puede llegar a contemplar el ejercicio de un veto informal sin responsabilidad. Xi opta por cerrar definitivamente, a cal y canto, la era de la tutela.
Si bajo Deng, los ancianos aportaban legitimidad revolucionaria y amortiguaban conflictos, bajo Xi, esa misma influencia es percibida como riesgo de injerencia, un foco potencial de oposición encubierta y un recordatorio incómodo de los límites al liderazgo. Por eso Xi no crea ningún órgano consultivo de veteranos y reduce al mínimo su visibilidad pública reduciendo su presencia a lo testimonial en ocasiones muy contadas.
El modus operandi excluye el despliegue de un ataque frontal al legado de Jiang y Hu, vaciándolo por la vía de los hechos. En primer lugar, con la flexibilización selectiva de la edad de retiro. La regla “siete arriba, ocho abajo” deja de ser automática y pasa a ser meramente referencial en función de las conveniencias del poder central. El criterio deja de ser generacional y pasa a ser eminentemente político.
En segundo lugar, el fin del liderazgo colectivo. El Comité Permanente deja de ser un órgano de arbitraje y de gestión de consensos, considerado una rémora que impide tomar las decisiones precisas y a tiempo, aunque sean difíciles. Se convierte en un instrumento de ejecución. Sin liderazgo colectivo, los veteranos no tienen a quién tutelar. Xi se afianza como el primus supra pares.
En tercer lugar, suprimiendo el límite de los dos mandatos. Presentado como una medida clave para mejorar la gobernanza, el retorno a un liderazgo indefinido pone fin al empeño denguista de limitar la acumulación de poder personal y asegurar cierta previsibilidad sucesoria.
La centralización personal de la autoridad opera en Xi a través de la acumulación de múltiples cargos, situándose al frente de nuevas comisiones y asegurando el control narrativo de la “nueva era”. El Partido se reordena cada vez más en torno a un núcleo personal, si bien se impulsa en paralelo una dimensión más activa en sentido normativo y aplicable al resto del conjunto. Dicha dinámica se complementa con una intensa y dilatada campaña anticorrupción como arma “anti-veteranos” (indirecta) ya que, en sus primeros embates, cumple funciones clave como la desarticulación de redes heredadas, la neutralización de antiguos patronazgos y conexiones político-empresariales y la desactivación de la transmisión informal de poder. Las reformas de Xi no se dirigen contra los “veteranos” como categoría, sino contra su capacidad de influencia real.
Bajo Xi también se consolida una norma no escrita: retirarse es desaparecer políticamente. Sin comunicados, sin “consejos”, sin arbitrajes morales, y sin posibilidad de condicionar resultado alguno. El retrato más elocuente del xiísmo en este aspecto es el incidente con Hu Jintao en la clausura del XX Congreso del PCCh en 2022. La memoria revolucionaria se conserva como relato oficial, no como poder vivo, y es el poder en plaza quien tiene la facultad exclusiva de darle forma y sustancia.
En suma, si Deng usó a los veteranos para cambiar el sistema, Jiang y Hu los dejaron fenecer institucionalmente. Xi Jinping le dio el toque de gracia y se aseguró de que no pudieran volver. O, dicho con cierta ironía histórica, Deng necesitó a los veteranos para reformar el poder, mientras que Xi necesitó eliminarlos para concentrarlo.
Beidaihe como espejo
Beidaihe es una célebre ciudad balneario a las afueras de la capital china donde acostumbra a reunirse en verano la élite del Partido para debatir de forma informal y, a poder ser, distendida, asuntos de cierto calado. Desde larga data, la cita se afianzó como una referencia obligada del calendario político, aunque históricamente ha sufrido algunos altibajos. En el verano de 1954, Mao dedicó a Beidaihe uno de sus más celebrados poemas: “La lluvia pertinaz golpea aquí en el norte, las olas blancas se alzan hacia el cielo…” (en versión de Luís Enrique Délano, 1959).
Durante años, Beidaihe ha sido precisamente el punto de contacto entre el poder formal y el poder residual de los veteranos. Su importancia, sin embargo, ha cambiado radicalmente según la etapa histórica.
Beidaihe no es un órgano, ni una institución, ni un mecanismo decisorio formal. Se instituye como un espacio informal de socialización política, un momento de deliberación sin actas, un residuo de la política de afinidades del PCCh. Su relevancia no proviene de lo que se anuncia, sino de lo que se insinúa, se tantea o se bloquea.
Bajo Deng tuvo su máxima relevancia (años 80). Entonces, Beidaihe sí importaba mucho. Servía como foro informal de arbitraje al permitir a los veteranos presionar, advertir, corregir rumbos, todo ello sin desautorizar públicamente al liderazgo en activo. Era el complemento informal del Comité Consultivo Central. Ejemplos clave de esa función podrían citarse aquella destitución citada de Hu Yaobang (1987) o el aislamiento progresivo de Zhao Ziyang (1989). Ambas decisiones maduraron en Beidaihe, aunque se formalizaran después.
Bajo Jiang Zemin, experimentó una importancia decreciente (años 90). Tras la abolición del Comité Consultivo Central (1992), Beidaihe perdió centralidad, pero no desapareció del todo. Siguió siendo un espacio confortable donde los veteranos eran escuchados y en el que Jiang buscaba legitimidad y negociaba los equilibrios sensibles. Funcionaba entonces más como termómetro político que como sala de decisiones. Tras la muerte de Deng (1997), su peso decae de forma clara.
Bajo Hu Jintao, se desarrolló como un encuentro ritual sin capacidad de veto. Encuentros cordiales en los que los veteranos eran informados y también podían manifestar sus opiniones sin cortapisas. Es el momento de más baja influencia real de los “veteranos”, con capacidades totalmente menguadas para influir en la agenda política.
Con Xi Jinping llega el momento de la neutralización simbólica. Aquí se produce el giro más significativo. Siguen existiendo las reuniones estivales, los contactos informales, etc., pero tan solo como gestos de respeto protocolario. Desaparece cualquier función de arbitraje, cualquier expectativa de corrección política.
Hoy día, Beidaihe no es ni la sombra de lo que fue: ni foro de negociación, ni espacio de advertencia. Es, en el mejor de los casos, un ejercicio de acomodo y gestión del retiro. Pero, paradójicamente, Xi no puede cerrar Beidaihe del todo. No lo necesita políticamente, pero tampoco puede abolirlo porque, en verdad, simboliza la continuidad revolucionaria. Es una cuestión de respeto a la historia del Partido, no solo de cortesía hacia los “viejos camaradas”. Cerrarlo representaría una ruptura simbólica innecesaria.
Beidaihe fue importante cuando existían dirigentes ancianos con autoridad real. Hoy sigue existiendo porque el Partido no rompe con sus símbolos, pero sus participantes ya no corrigen, no arbitran y no deciden.
El saldo estructural
Vayamos al saldo estructural: qué gana y qué pierde el sistema político chino al prescindir de esos “árbitros retirados” que son los dirigentes veteranos, y por qué esa ausencia mejora la eficacia a corto plazo pero puede elevar los riesgos a medio y largo.
Sin la sombra de los dirigentes veteranos, el sistema político chino, sin duda, gana claridad jerárquica ya que sin ancianos influyentes desaparece el doble poder (formal vs. moral). Las líneas de mando son nítidas. Nadie puede invocar una autoridad superior “en la sombra”. Esto acelera y fortalece la capacidad de decisión y reduce bloqueos.
También mejora la disciplina organizativa ya que los cuadros en activo no pueden refugiarse en padrinos retirados. Dependen exclusivamente del centro político vigente. Eso aumenta la obediencia, la lealtad y disminuye la negociación informal.
Todo ello converge en un liderazgo central fuerte, capaz de imponer prioridades claras (seguridad, autosuficiencia, control de riesgos) en un momento crítico de la reforma. Al reducir la fragmentación de políticas entre los diversos niveles, el Estado actúa como un solo cuerpo, no como una suma o federación de intereses.
En el debe, no obstante, cabría hacer mención de la desaparición de un importante amortiguador político y un contrapeso moderador. Los veteranos cumplían una función invisible: tenían capacidad para frenar decisiones abruptas o cuestionables, corregían errores sin desautorizar públicamente, decían lo que no se podía decir tan abiertamente y opinaban constructivamente a sabiendas de que cualquier disensión no sería interpretada como rebelión. Por tanto, sin ellos, el sistema pierde mecanismos internos de autocorrección y las rectificaciones, de necesitarse, pueden llegar tarde y costar más. El riesgo de error deja de ser gestionable y se vuelve sistémico.
Otro dato importante es que se empobrece el pluralismo interno. No se trata aquí del pluralismo liberal, sino de un pluralismo intra-élite, de la competencia regulada de enfoques. Los veteranos representan memorias institucionales distintas, encarnando equilibrios históricos que permitían labrar consensos y tomar decisiones con base en el convencimiento y no en la disciplina.
Un ámbito especialmente relevante es el debilitamiento de las normas de sucesión, que pierde previsibilidad. Los veteranos actuaban como garantes informales del relevo y del respeto de las reglas de edad y los mandatos. Nadie podía romper las reglas sin pagar un coste. Ahora, es el centro político, el “núcleo”, quien redefine las reglas en tiempo real. La sucesión depende en gran medida del líder, no del sistema. Esto introduce una incertidumbre estructural en un tema que siempre ha sido difícil de gestionar en las formaciones políticas, dilapidando uno de los mayores logros en la trayectoria del PCCh.
El mayor riesgo asociado a esta dinámica es la retroalimentación cerrada. Sin veteranos, sin liderazgo colectivo, la información que llega a la cima del poder es filtrada. El líder gobierna con ecos de su propia narrativa. Este es el riesgo clásico de los sistemas hipercentralizados: confundir estabilidad con ausencia de discrepancias. Los contrapesos son esenciales.
Ciertamente, el PCCh aprendió del colapso soviético que el desorden mata al sistema. Pero puede estar olvidando la lección complementaria: la ausencia de fricción y contraste también lo debilita. Sin duda, Xi Jinping ha dispuesto múltiples sustitutos funcionales de los veteranos reforzando el control y la disciplina, pero importa igualmente preservar el papel amortiguador y contrastante que aquellos cumplían.
Xi ha creado o reforzado numerosas comisiones centrales (seguridad nacional, finanzas, asuntos exteriores, ciberseguridad, reformas, etc.), casi todas presididas por él mismo. Su función efectiva es centralizar las decisiones estratégicas, trascender a ministerios y gobiernos locales para imponer una coherencia vertical atenta a las necesidades últimas de la estrategia del país. Son todos ellos mecanismos básicamente ejecutivos en los que es harto complejo cuestionar la línea general, introducir memoria histórica alternativa, o mediar inclusivamente entre intereses.
En conjunto, el sistema gana cohesión, pero puede perder elasticidad. Xi ha logrado algo que Deng nunca quiso: un poder sin tutores, un partido sin ancianos influyentes, un centro sin contrapesos informales. Al eliminar a los veteranos, el sistema ha ganado monolitismo, pero ha perdido a quienes sabían cuándo hablar sin hacer ruido. Todo ello marca una ruptura fundamental entre la era de Mao, la arquitectura posterior diseñada por Deng y la nueva era de Xi.
Conclusión
El sistema de asesoramiento e intervención política de los “dirigentes veteranos” representa una singularidad en el modelo chino, cuyo devenir es altamente dependiente de las circunstancias históricas. Muy asociado a la figura de Deng Xiaoping, su momento de apogeo fue el inicio de la política de reforma y apertura, contribuyendo de forma destacada a desactivar las resistencias al cambio pero ofreciendo también un foro de alto valor donde expresar y contrastar con mayor libertad las opiniones e iniciativas. En el denguismo tardío, Hu Jintao sentó las bases de su liquidación definitiva.
El xiismo, si bien mantiene el referente testimonial de los encuentros de verano de Beidaihe como expresión simbólica de aquel fenómeno, ha finiquitado del todo esta experiencia conforme a las exigencias de su política de centralización máxima del poder.
Bibliografía sumaria
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Bruce J. Dickson (2021), The Party and the People: Chinese Politics in the 21st Century, Princeton University Press
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Ezra F. Vogel (2013), Deng Xiaoping and the Transformation of China, The Belknap Press
Guo, Xuezhi (2019), The Politics of the Core Leader in China, Cambridge University Press.
Ríos, Xulio (2012), China pide paso: de Hu Jintao a Xi Jinping, (Icaria editorial).
Ríos, Xulio (2016), China Moderna, (Tibidabo ediciones).
(Para El Viejo Topo)


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