Por activa y por pasiva, China ha advertido a EEUU que Taiwán es una línea roja cuya observación es determinante para la estabilidad de las relaciones bilaterales. Trump, protagonista de aquella abrasiva llamada telefónica con la presidenta Tsai Ing-wen al inicio de su primer mandato, es bien consciente de ello. Pero desde entonces, la cercanía entre Washington y Taipéi se ha acentuado y el listón se ha elevado ostensiblemente. Eso que China llama la “carta de Taiwán” aflora como un recurso estratégico de alto calibre al que las autoridades estadounidenses no están dispuestas a renunciar.
Atendiendo a los requerimientos de EEUU, el secesionismo en Taiwán se ha comprometido a incrementar el gasto militar, elevándolo en el presupuesto ordinario y habilitando un presupuesto especial a varios años. Los gobiernos del Partido Democrático Progresista (PDP) han incrementado de forma sostenida el nivel de gasto en defensa, con un crecimiento medio anual cercano al 5% entre 2019 y 2023. En 2025 el presupuesto militar alcanzó el 2,5% del PIB, y el Gobierno prevé elevarlo hasta el 3,3% en 2026. En 2033 podría superar el 5% del PIB. El principal beneficiario de esta dinámica es EEUU, su principal suministrador. Taipéi ha pagado ya más de 20.000 millones de dólares por armas que aun no ha recibido pero Lai Ching-te no ve otra opción que seguir correspondiendo a las demandas estadounidenses (complementadas con abultadas inversiones, especialmente en la industria de semiconductores) como garantía última de seguridad.
La oposición, mayoritaria en el Yuan Legislativo, ha boicoteado hasta ahora el empeño de Lai. Con tal éxito que EEUU se ha visto obligado a intervenir, presionando sin ambajes para que secunden la estrategia armamentista de Lai. En el minoritario Partido Popular de Taiwán (PPT), esas presiones podrían fructificar, al menos parcialmente. Por su parte, el histórico Kuomintang (KMT) lo tiene más dificil. Si su actual presidenta Cheng Li-wen quiere hacerse la foto con Xi antes de los comicios locales de noviembre, debe evitar ese apoyo.
Cerrar el paso al secesionismo
Al otro lado del Estrecho, la importancia de Taiwán sigue aumentando en la política china. En lo que llevamos de siglo, el secesionismo gobernó en la isla entre 2000 y 2008 (Chen Shui-bian) y desde 2016 hasta ahora, primero con Tsai Ing-wen y ahora con Lai Ching-te, en su primer mandato. El actual presidente Lai es más determinado que Tsai en avanzar por la senda de una independencia de facto y para ello ha dispuesto una firme estrategia de fortalecimiento de la alianza con EEUU que ahora se complementaría con el favor de la primera ministra nipona Sanae Takaichi. Hipotéticamente, esa tenaza disuadiría a China de iniciar acciones de envergadura militar si bien la Ley Antisecesión china (2005) es clara en cuanto a la disposición al uso de medios militares para conjurar la independencia.
A mayores, Lai arropa su estrategia con la invocación a los “valores” -hoy tan en crisis- y azuza el miedo al “expansionismo chino” que, de tener éxito, no se detendría en Taiwán.
A diferencia de EEUU que ha aventurado una invasión para 2027 en la que casi nadie cree -y menos después de las zozobras experimentadas en la cúpula del Ejército Popular de Liberación-, pero que sirve muy bien como argumento para elevar el gasto militar en la isla, Xi no ha concretado fechas para la reunificación. No obstante, si ha dejado claro que este asunto “no puede ser dejado de generación en generación”. Su China otea el horizonte de la culminación de la modernización y esta nunca será completa sin la reparación de la humillación histórica que supuso la pérdida de Taiwán en virtud del tratado de Shimonoseki (1895) ante Japón.
Lo primero para China es cortar el paso al secesionismo. Y eso exige no solo apoyar a esa oposición que defiende la pertenencia compartida a una “misma familia” e incidir activamente en la opinión pública, sino también limitar los apoyos internacionales a Taipéi. Los vaivenes en este sentido oscilan: un día Lituania se aviene a reconsiderar su “error” de autorizar la apertura de una “oficina de Taiwán” en Vilnius, contraviniendo la práctica al uso, pero otro el Honduras de Nasry Asfura se abre a reconocer de nuevo a Taipei. La clave reside en EEUU que con medidas políticas, legislativas, y otras, ha incrementado sustancialmente el estímulo al independentismo como un instrumento válido y rentable para contener a China.
Trump sopesa nuevas ventas de armas que ascienden a varios miles de millones de dólares. Semanas atrás se informó de un compromiso de venta por valor de 11.000 millones. Ahora se alude a otro paquete por valor de hasta 20.000 millones que incluiría misiles Patriot y otras armas. Y en un proyecto de ley de asignaciones firmado recientemente se incluyen más de 1.400 millones de dólares para apoyar la cooperación en materia de seguridad con Taiwán.
Xi ha dejado entrever que esa senda inviabiliza el diálogo bilateral. La visita de Estado de abril, ya anunciada, permanece en el alero. Si Trump no modera el ritmo, el entendimiento descarrila; y si lo hace, Lai verá fracasada una estrategia que revelaría su extrema dependencia de la atmosfera sino-estadounidense.
Puede también que Trump solo intente elevar la apuesta para obtener más contrapartidas de Xi no solo en el plano comercial bilateral sino también en lo estratégico (desde Cuba a Irán). De esta forma, limitaría las opciones de solidaridad china con sus víctimas. Pero esta circunstancia solo magnificaría la condición de Taiwán como una moneda de cambio que a poco que absorba su moderna industria de chips -el Secretario de Comercio Lutnick reclama el traslado del 40 por ciento a suelo estadounidense- convertirá la sólida roca que hoy simboliza sus vínculos en un mero azucarillo.


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